viernes, 28 de diciembre de 2012


De una ciudad nueva
aprendí a cruzar los seis canales.

Uno y uno detrás de uno quedaron. 

miércoles, 10 de octubre de 2012

Sobre algún lugar


El olor a alcohol y la sensación de humedad pueden ser producto de los nervios. Ya han pasado dos horas y la habitación se sigue sintiendo igual.
Las paredes las imaginé siempre blancas, así que este color grisáceo no me resulta natural. Quizá es el humo de nuestros vicios lo que nubla un poco el lugar. ¿Qué te ha hecho escoger este sitio?, ¿Qué lo hace especial?
No esperaba una habitación lujosa, mi inconformidad no tiene nada que ver con la sencillez de la decoración. El problema es que llevo medio año imaginando este lugar, no te ofendas si no me siento a gusto todavía. Y si me río mucho, lo siento, a veces es incontrolable.

Abrí la ventana para respirar un poco, nadie me dijo que en momentos como este, podría olvidar cómo respirar. Miré hacia abajo, y la ciudad se extendía a mí iluminada, protegida por sólo dos pequeñas estrellas que parecían esconderse.
Entonces todo tomó un sentido diferente. Ahora todo me resultaba perfecto. Desde el baño con olor a desinfectante, hasta las flores plásticas que adornaban la mesa de noche. Incluso, las paredes grisáceas, y tus ropas oscuras regadas en el suelo.

sábado, 6 de octubre de 2012

Querer

A Gustavo Antuña

Quererte es mucho más
de lo que te quiero ahora
quererte sin sentirte no es quererte

quererte como quise aquella noche
quedó allí en pretérito
míralo, cariño,
pensar en futuro perfecto
no es quererte de verdad.

Querer que las palabras tomen formas
es quizá mucho pedir
mucho esperar
o mucho querer.

Sentirte solamente cuando duermo
no es querer
ni es sentir
ni es lo que quiero.

Quererte va más allá de madrugadas.

Cariño, dime tú
¿qué es lo que quieres?
yo lo único que quiero
es poder quererte

que se quieran nuestros labios
que se quieran nuestros dedos
quiero sentir querer tu cuerpo

quererte a ti
antepresente
así quiero quererte.


viernes, 21 de septiembre de 2012

En la madrugada


Tu pecho se abre
cubierto de césped
tus dedos me guían
hacia un puente íntimo

tus labios me quiebran
me dispersan
tu cabello me llueve
me empapa de fragancia turbia

Tu sexo…
tu sexo es vulnerable
me espera
me espera

tu voz me ruega
tu voz me grita
tú me tomas
tú me impregnas

tú me despojas

jueves, 20 de septiembre de 2012

Volátil


Cuando la brisa ya ha pasado
vuelvo a la rutina
mi piel se eriza
mi piel te espera.

Dime tú, señor de voz etérea
¿qué sientes cuando la brisa pasa?

Yo siento que hoy eres susurro
otras eres un canto
yo permanezco siendo grama
que se mueve junto con la brisa.

A veces, cuando soy cáctus
pasas a ser arena
tonta arena que me cubre
sólo cuando el sol se aleja.

Cuando soy el sexo
soy las caricias que prometes
soy lo que más te interesa
soy sexo mismo.

Cuando eres voz presente
soy una torpe niña
que juguetea con su cabello
cuando los adultos duermen.

Cuando eres madrugada
eres vigilia encendida
eres travesura perfecta.
Tú, lo eres mismo.

Cuando soy fragancia que vuela
tú eres laberinto de arbustos
yo soy adiós junto a pasado
tú eres, cuando eres
cuando soy, cuando amanece.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Sobre el día en el que el Mar decidió revelarse


Del Mar nací.
Un rayo del sol me llevó hasta él.
Las algas formaron mi cabello.
Largo y brillante
ondulado y frío.

Del Mar aprendí
que su fuerza es mayor que la nuestra
y el día que decidió levantarse
aquellos que dentro de él nadaban
luego huyeron  
y fallaron.

Al Mar aquél día vi
como ascendía espumoso
para encontrarse con el cielo
y a él unirse
por primera vez.

Así nos cubrió a todos
de un velo azul
y encandilante.
Navegantes y pescadores
me saludan desde arriba.

Del Mar nací.
Muy bien recuerdo ese día
cuando él, al fin, decidió revelarse.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Sentidos

Imagino la esencia
que tus dedos brotan
cuando mis calles
recorres.

Imagino la fragancia
que emana de tu cesped
y mis manos empapa
hasta derramarse.

Imagino que caminas
por mi casa
y tocas mis paredes
hasta dejar allí tus huellas.

Imagino que veo tus años
marcados en tu pecho,
y allí
me poso.

Imagino que gritamos
al llegar a la montaña
y agotados de la búsqueda
descansamos.
Entre tantas personas,
fantasma,
apareciste.

Para ti
de mis ropas me he
despojado

quitándote la máscara
tus manos
me han tomado.

A ti
que como animal te llaman
A ti, y a tus años
me prendí.

Fantasma
que del humo naciste
que de las luces
se creó tu silueta

cierro los ojos
para poder mirarte
y espero el día
en el que saludemos al sol

y pueda tallar con mis manos
tu rostro.


miércoles, 29 de agosto de 2012

Sin título



Soy la sombra que te inspira
soy la estrella que titila
soy el humo que te esconde
soy el verde que te crea.

Soy la voz que más te nombra
soy la hora en que te duermes
soy el ave que te mira
soy el karma en el que crees.

Soy la flor de cactus que hoy se muere
soy la nube que te llueve
soy la luz que no encendiste
soy la noche que te quise.

Soy el ayer que no recuerdas
soy el instrumento que destapas
soy la melodía de tus gemidos
soy el río que te divide.

Soy la montaña en la que gritas
soy la grama húmeda y fría
soy aquella que nunca has visto
soy sólo el verbo que se quiebra.

Quédate un poco


Quédate un poco
sé aquello que busco
sé el sentimiento cristalizado.

Tómame un poco
soy el hielo que se rompe
soy el cactus que se seca.

Siénteme un poco
mis labios se quiebran
mi cabello se convierte en grama.

Acércate un poco
tus notas se repiten
tus muecas envejecen.

Piénsame un poco
que mi imagen sea un recuerdo
que mi sombra nunca se ilumine.

Escúchame un poco
mi voz es musical. 
Personifica mi palabra.

De días como hoy


Hoy soy la nube
que cubrió tu rostro.
Hoy soy el alma incompleta
que sólo tu espejo refleja.

Hoy soy la máscara verde
que no te deja verme. 
Hoy soy más que yo
pero el sol no me ilumina.

Hoy me despido 
en la punta de una montaña.
Hoy escribo sobre otras letras
y el espacio se acaba.

Hoy
yo me acabo
Hoy
sólo tú estás constante.

Alguien


Mientras ella espera
ella es alguien.
Alguien que busca
alguien que siente.

Cuando el cactus le habla
ella cambia
y escurridiza
se esconde.

Camaleón que corre,
para descansar, 
sobre el cactus se posa
y se convierte en espina.

jueves, 16 de agosto de 2012


Sobre lo poco que sé de ti

Si esto es lo único que
de ti conozco,
no eres más que una voz aislada,
que un sonido armonioso.

Si estos versos son
mi único rincón
sólo eres lo que alguien dice de ti.
Un susurro.

Un susurro cálido,
pero susurro,
aislado.
Misterioso.

Que sólo calla cuando
nadie más quiere hablar.
Entonces
eres silencio.

Silencio que no es nada,
silencio que si sólo eres eso
comienzo a mover mis dedos.
Ansiosamente.

Ansiedad que significas tú
que eres más de lo que
ya conozco.
No eres sólo esto.

Eres todo el bien y el mal,
eres armonía y silencio.
Más de lo que aquí escribo
o menos de lo que creo que eres.

martes, 14 de agosto de 2012


Mensaje para un desconocido

Azul y verde.
He quedado ciega,
como el mar uniéndose a una montaña.
He quedado ciega.

Humo,
humo azul y verde,
humo en el que te desvaneces.
Nunca he estado ciega.

Gritos,
gritos que se ahogan
¿de dónde vienen?
¡Salen de mí!
trato de decirte algo.

Mírame,
hombre perdido entre humo y luces.
Soy sólo la sombra del chico
que suda con el brazo arriba,

soy sólo la chica de cabello alborotado
de cantar desafinado
de balbuceo desesperado.

Y tú,
tú eres sólo un susurro escondido
que yo atajé un día sin notarlo,
y ahora,
ya no sé qué hacer con él.

sábado, 11 de agosto de 2012


La hermosa langosta aplastada en la vereda[1]

Desnuda,
ante mí.
Despojaste tu ropa,
en el suelo quedó.

Mírala tú.
Mira como su pecho canta.
Se abre y se cierra.
Suave, suave.

Ella está rota.
Como una langosta aplastada en la vereda.
Pero hermosa.
Mírala tú.

Su cabello llueve.
Se cristaliza en mis manos.
Se sale de mis dedos.
Se evapora en mí.

Su piel de ámbar se vuelve transparente.
Puedo ver sus pulmones
cantando.
Llenos de humo.

De humo verde
que me envuelve,
que me consume,
que me acaricia.

Dime niña de corazón plateado,
¿Qué pretendías con tu llegada?
Me prendí a ti.
Y saludamos al sol.

¿Volverás por mí?
Me he quedado con tu alma.
Mírate al espejo y date cuenta
Que ya no estás completa.

Dime niña de ojos de flor,
has hecho de mí sólo cenizas.
Eres agua,
y me apagaste.

Dime niña de sexo volcánico,
niña de gritos ahogados,
niña de energía omnipresente
¿Hacia dónde vas?



[1] Inspirado en la canción La hermosa langosta aplastada en la vereda de la banda uruguaya Buenos muchachos.

calle oscura


si te tengo en mis manos,
   no te siento.

si te tuviera en mis manos,
sabría qué hacer contigo.

si te he perdido,
te extraño.

                      Cie
          rro                  mis
ojos                                   reco
y ca                                      rro
mi                                       con
no                                       mis
por                                       de
tus                 cas              dos
c a l l e s….. a   s……...t  u  s


la lluvia cae a mi alrededor
pero yo no estoy mojada.

te tomo fuertemente,
cierro mi puño,
y,
no te siento.

la gente me dice que el cielo es azul.
pero para mí, 
sigue siendo v e r d e.

si te tuviera
a ti,
e m o c i ó n.
sabría cuándo te perdí.

martes, 10 de julio de 2012


Espejismo

Una fotografía vieja me recuerda lo poco que te recuerdo. ¿Por qué días como este siempre vienen acompañados de melancolía?
Alguien me dijo una vez que podías verme. ¿Será cierto?
Si yo pudiera verte, completaría la imagen borrosa que de ti ahora tengo. Te pediría que me contaras cómo fueron aquellos diciembres que para mí nunca ocurrieron. Te rogaría que me tocaras para ver si además de verte, puedo sentirte. Y quizá, sólo quizá, te preguntaría “¿Por qué lo hiciste?”.
Hoy me desperté buscándote, así que volví a dormir para encontrarte. Como no te vi, me fumé un cigarrillo lentamente para conectarme con tu recuerdo. Al apagarlo, seguía buscándote, así que tomé aquella vieja foto y te vi. Traté de imaginarte con el cabello más blanco y las entradas más profundas, pero cuando cerraba los ojos la imagen se perdía, seguía borrosa. Volví a abrirlos y recordé esa mañana. Melancolía, melancolía. Melancolía que la fotografía no expresaba. Entonces entendí, por qué días como este se sienten siempre así.

martes, 5 de junio de 2012


No cualquier día

Al abrir la ventana la luz se reflejó en mi rostro.
-Coño ¡Cómo quisiera un cigarro!
Fui a la cocina a revisar si quedó de anoche algún cigarrillo solitario. No. No quedo nada. No debí haber fumado tanto. ¿Pero cómo no hacerlo? Si estabas allí parado, viéndome ir. 
Mi lejanía se convirtió en tu ausencia.

Reacciona, Anita. Es momento de preparar el desayuno.
Tomé un pan y me corté con el cuchillo al abrirlo. Me quedé inmóvil de nuevo, mientras la sangre coloreaba la mesa blanca.
-Que se joda el desayuno, iré a comprar cigarrillos.

Horas pasaron y yo ahí seguía. En ese basurero recordándote allí parado, desvaneciéndote como tinta corriéndose en el humo que de mi boca salía.
Recuerdo esa noche de sexo alocado. Mi arete quedó enganchado entre tus sábanas. Tú lo guardaste. Dijiste que olía a limón. Aroma cítrico que empapaba mi cuerpo ese día.

Al abrir la ventana la luz se reflejó en mi rostro. Sentí que el sol quería decirme algo. ¿Vergüenza? Debería sentirla quizá, pues, ¿Qué me queda de ti ahora? Ahora que te has ido. Sólo queda tu perfume impregnado en mi piel.

domingo, 22 de abril de 2012


28 de Abril

La pequeña Amanda escribía una carta para el cumpleaños de su padre. Le hacía mucha ilusión. Pensaba en todas las cosas que le gustaría decir, y cómo decirlas. Sonreía mientras lo hacía. La carta era muy alegre, la coloreaba con tizas rosadas moradas y azules. Al terminar, escribió su nombre y el de su hermana en marcador rojo, pues, aunque su hermana no la había ayudado, sabía que a su padre le gustaría que la carta tuviera el nombre de ambas.
Llegó el día del cumpleaños y la pequeña Amanda se levantó emocionada a felicitar a su padre y entregarle la carta. Su padre la leyó, abrazó a Amanda y soltó algunas lágrimas. –De felicidad- pensó la pequeña.
Nueve años pasaron y la pequeña Amanda, que ya no es pequeña, siguió escribiendo cartas, que ya no eran coloridas, para su padre, que ya no las recibía.
-Hoy es una fecha de celebración- se dijo a sí misma -¿Qué celebro?
Abril siempre fue un mes muy nostálgico para ella, pues recordaba las lágrimas de su padre y comprendía que quizá, no eran de felicidad como ella pensó.
Ha pasado mucho tiempo, y la pequeña Amanda miraba el cielo, que en esta fecha le parecía de color verde, y pensaba en su padre, que aunque no podía verlo, ni entregarle sus cartas, sentía que allí estaba, abrazándola, como esa mañana.

domingo, 1 de abril de 2012


Lucía ha crecido

Siempre pensé que ser joven sería diferente. Cuando era niña, fantaseaba con serlo.
-Lucía, no puedes salir con esos pantalones rotos.
-Lucía, no tienes edad para usar maquillaje.
-Lucía, si quieres ir a casa de ese muchacho, primero tengo que conocer a sus padres.
-Lucía, es tarde, quiero que te vengas a la casa ¡ya!
-Lucía, no tienes edad para tener novio.

Sí, cuando era niña mi madre me prohibía hacer muchas cosas, entonces, deseaba dejar de ser niña, y ser joven. Pensaba lo divertido que sería poder hacer lo que quisiera, sin tener que pedir permiso. –Qué divertido sería ser libre-. ¿Libre de qué? Lo cierto es que nunca seremos realmente libres.
Mientras crecía, me di cuenta de que siempre tendría que pedir permiso, bien sea a mi madre, a mis profesores, a mi novio, o a mí misma.
Años después dejé de maquillarme porque me di cuenta de que era una ofensa para mi rostro, tomé mis pantalones rotos y me reí a carcajadas por lo feos que son, iba a casa de mis amigos y me regresaba temprano porque al día siguiente tenía que trabajar, y tuve muchos novios que mi hicieron daño y yo a ellos también.
La verdad, es que ser joven, sí es divertido, pero de manera diferente a como yo lo imaginé. A pesar de entender que la libertad era compleja y depende de algo más que la edad, disfruté de ser joven, incluso de las responsabilidades que venían junto con la adolescencia, de los romances y aventuras inesperados. El único problema, fue seguir necesitando esa libertad.
Me decía a mí misma que estaba conforme. –Adáptate, Lucía, no puedes escapar de la sociedad y sus normas- pero inconscientemente seguía buscando una forma de lograrlo, así no fuese permanente, quería encontrar algún lugar o algo que me permitiera sentirme libre, aunque sólo se tratara de una ilusión.
Lo que no había notado, para mi sorpresa, es que siempre tuve esa libertad entre mis manos.
Me la brindó Shakespeare, cuando me permitió ser Ofelia. García Lorca, cuando fui Mariana Pineda. Cortázar, cuando caminé por las calles de París buscando a La Maga. Stephen King, quien me llevó a perder al amor de mi vida mientras fui Johnny Smith. Junto a García Márquez disfruté del maravilloso y fantástico pueblo de Macondo. Supe lo que es la vejez, me lo enseñó Adriano González León. Gracias a Roald Dahl, sentí el aroma del chocolate fresco de La Fábrica de Chocolates de Willy Wonka.
Viajé, fui feliz, reí, lloré, nací, morí y volví a nacer, fui niña y envejecí, me enamoré, muchas veces me enamoré. Fui libre. ¡Hasta en un bicho raro producto de Kafka me convertí!
Si esto no es libertad. ¿Qué podría serlo?
La mejor parte de mi adolescencia, fue encontrar ese algo en el que puedo ser y hacer lo que quiero sin pedir permiso, pero que también me conecta con la niña que fui y no puedo olvidar, el adulto que seré o espero ser, y la joven que soy y que en algún momento extrañaré ser.
Así, encontré los libros.


La Mujer del Vestido Amarillo

Así que allí estaba ella, descalza con unas finas sandalias blancas en su mano, su vestido amarillo jugaba con la brisa y en su largo cabello negro resplandecía el sol. Su rostro irradiaba seguridad y yo no podía entender por qué. Se veía tan hermosa y sutil, sus ojos hablaban por ella, observando el crepúsculo y el abismo.
Los carros pasaban desapercibidos, era como si sólo yo pudiera verla, a nadie le interesaba la situación… y a mí tampoco.
-Somos muchos los que andamos por este camino, pero somos pocos los que logramos cambiar el destino- me dije a mí mismo citando una vieja poesía, nada de lo que yo hiciera iba a alterar lo predestinado. Por eso decidí quedarme allí, inmóvil, observándola, tratando de entender por qué tanta confianza en su mirada y cuál era el siguiente paso.
-Hay gente loca en este país, cada vez somos menos los pensantes- me dijo un anciano señalando a la mujer de amarillo mientras se fumaba un cigarrillo, yo no respondí a su comentario, y sólo perdía de vista a la mujer en el momento de pestañear.
-¡Disculpe, señor!- me dijo una chica al tropezarme, únicamente en ese instante miré hacia abajo y noté que se le habían caído unas monedas a la chica, volteé para entregárselas y observé mi alrededor. Vi al anciano fumando y discutiendo con un joven sobre política; una pareja de novios besándose y hablando de romanticismos; dos chicos tomando jugo y riendo a carcajadas, y por último vi a un chico sentado en una banca con un libro en sus manos, sin ninguna expresión reflejada en su rostro. Entonces recordé a la mujer de amarillo. Miré rápidamente de vuelta al abismo, y ella ya no estaba.
Corrí con todas las fuerzas que tenía hasta llegar a la baranda del puente y vi como ella caía muy lentamente, era una caída desde muy alto, imposible que sobreviviera. Mi corazón latía muy rápido y mis pulmones aspiraban y exhalaban al ritmo del tic-tac de un reloj, incliné mi cuerpo apoyado en la baranda lo más que pude y estiré mis brazos como si pudiera alcanzarla, como si pudiera salvarla.
Cerré mis ojos, justo antes de que su cuerpo golpeara contra las rocas y cuando los abrí de nuevo, allí estaba ella, ya no era sutil y hermosa, sus ojos ya no transmitían nada, y su rostro ya no irradiaba seguridad.
Ahí yacía el cadáver ensangrentado de la mujer del vestido amarillo, y yo permanecí  inmóvil, con el cuerpo inclinado y apoyado en la baranda hasta que sentí unas gotas de agua fría cayendo sobre mi espalda, alcé la vista hacia el cielo y noté que estaba lloviendo. Era momento de regresar a casa. Nada de lo que yo hiciera iba a alterar lo predestinado. Al levantarme caminé hacia atrás desorientado y pisé algo que me hizo caer, me golpeé el codo con una roca pequeña, y cuando me levanté para seguir caminando noté que estaba sangrado, miré hacia abajo y vi una sandalia blanca, la tomé y volví mi mirada hacia el abismo. El cadáver de la mujer del vestido amarillo aún sujetaba una sandalia blanca en su mano derecha, y yo sujetaba la otra en las mías.

jueves, 8 de marzo de 2012


Tremor


-No, no, no. Te dije que no.
-¿Por qué no?
-Porque no.
-¿Me vas a dejar así?
-Sí.

Terca me llamaste mientras pasabas tus manos por mi rostro. ¡Ah! las manos más suaves que jamás me habían acariciado. Caricias blancas e inocentes. ¡Ja! inocentes, en eso sí estoy equivocada. ¿Qué inocentes podían ser tus manos? Si las pasabas por mi cabello mientras tratabas de quitarme la blusa.

¿Qué inocente podías ser tú al besarme de esa manera? Como si estuvieras apurado. Quizá lo estabas, apurado, sí, por soltar mi correa y meter tu mano en mi pantalón.
¡Ay, Osvaldo! El único terco en esa habitación eras tú. Estabas loquito por llevarme a la cama. Sabías que yo también lo quería, aunque dijera que no.

No, no, no. Te dije que no cuando trataste de besar mis pezones. Estabas desesperado por besarlos. Sentirlos. Lamerlos. Dijiste que sólo los probarías, pero ambos sabíamos en qué terminaría aquella propuesta. Puedo imaginarme dos horas después. Despeinada y con más ganas de ti. Quizá estaría tan apresurada que me iría dejando mis pantaletas rosas en tu habitación, como un regalo y un recuerdo accidentado. ¿Recuerdo de qué? No pasó nada. ¡Oh! Pero tú habías pasado todo el día imaginándome desnuda mientras yo hablaba mariconadas, y yo… Pues yo no imaginé que termináramos en eso… Aunque lo deseaba, desde el primer momento en que te vi.

Tus ojos celestes me dejaron sin aliento, eso sumado a tu mirada de señor intelectual. “Señor”, me causa gracia llamarte así, pero eso es lo que eres. Yo soy una niña y tú eres un señor. ¿Qué comentaría la gente cuando nos vio besarnos? Seguro te dieron por ridículo. Un cuarentón ridículo con una niña que se la tira de madura. Bueno, debo decirte que fue tu culpa. Tú imprudente que decidiste besarme frente a todos. No es que me importe, sino que lo hubiera disfrutado más con un poco de privacidad.

¿Por qué no me besaste cuando estábamos en tu habitación? Mientras yo leía, tú dormías. Seré honesta contigo y te contaré de cómo fingía leer para verte dormir. Leía algo sobre un viejo…o una joven…o una mujer… ¡Ay! Quién sabe, ya te dije que no estaba realmente leyendo. Tu cabello caía sobre tu rostro, tan brillante, tan excitante. Tu respiración era fuerte, parecía que te encontrabas en un sueño profundo. ¿Soñarías conmigo?, ¿Soñarías con tu espectadora escondida detrás de un libro que trataba sobre una mujer/un viejo/una joven? Me gustaría saberlo. Me gustaría saber qué pensabas cuando te invité a tomar un café y te trataba de “usted”. ¿Me desearía desde entonces, señor Osvaldo? Porque yo sí, detrás de mi inocente aspecto, estaba una chica que sonreía sonrojada y lo deseaba cuando volteaba. Tratando de disimularlo. No quería que lo notaras. Quizá sí quería que lo notaras. Pero no era correcto.

Te juro Osvaldo que pensé en decírtelo, pues tu boca me provocaba con tanta intensidad que por un momento creí no soportarlo. Pero, ¿Con qué sentido? Te diría que te deseaba y ¿Qué? Me llevarías a la cama. Justo lo que quería. Pero no era correcto. Así que me esforcé para aguantarme un par de horas. Y me engañaba a mí misma pensando en que tú no me mirabas con deseo, tus temblorosas manos suaves y blancas estaban lejos de las mías, sin ninguna intención de que se juntaran. Me engañé. Tus ojos celestes y tu mirada de intelectual me deseaban. Tus manos temblaban por mi presencia.

Sin importar cuánto temblaban tus manos, acomodaste mi cabello, acariciaste mi rostro, con ternura, para luego sorprenderme con un beso desesperado, un beso salvaje y apresurado. Todos miraban. Te besé de vuelta sin caer en cuenta de que lo estaba haciendo. Entonces nuestros labios se separaron para que nuestras miradas se familiarizaran;  miradas que ya no ocultaban nada, que estaban ahora totalmente expuestas. No era correcto, pero en ese momento se sintió como si lo fuera. Una vez más pensé –Coño, ¿Por qué no estamos en su habitación?- no sé si quería que hiciéramos el amor o simplemente quería verte dormir. Ver tu liso cabello uniéndose con tus pestañas, mientras tu rostro se escondía en la almohada.
Y ahí estábamos, cuando pensé que todo terminaría allí. Regresamos a tu habitación. De nuevo tratabas de soltar mi correa pero cuando lo hacías yo la cerraba. Y te decía que no. Porque no. Terca me llamaste. Y lo era, pues sabías que te deseaba, pero me negaba porque me sentía obligada a hacerlo. Y tú con tu labia de poeta, hablando de epifanías y de aventuras fugaces. No entendías que no era lo correcto. Pero, ¿Qué sería lo correcto? Sólo sé que acomodé mi blusa y salí despeinada de tu habitación. Aún deseándote. A ti completo. Y allí quedaste.

Esa noche imaginé que hacíamos el amor, desesperados y apresurados, como animales salvajes, así como fue nuestro primer beso. Yo desabotoné  tu camisa, poco a poco, y tu pecho se asomaba, blanco y suave, un poco envejecido, como si llevaras en él los años. Entonces era yo la que estaba apurada por soltar tu correa y meter mi mano en tu pantalón, para luego quitártelo y dejarte vulnerable, ante mí, desnudo, mostrando tus años, tus experiencias marcadas en tu cuerpo, como cicatrices. Imborrables.

¡Ay cuarentón! Sensual, aventurero y salvaje cuarentón. Besaste mi cuerpo desnudo y lo recorrías con temblorosas caricias, ya se te hacía imposible disimular los temblores, lo cual me gustaba, lo encontraba tierno. Nos unimos sólo en cuerpo, nos llenamos de un deseo insoportable pero nada más. ¡Oh! Y tú entusiasmado, me miraste con tus ojos celestes para luego cerrarlos mientras lamías mis pechos y lentamente tus dedos bajaban como asustados y… Quizá no era lo correcto. ¡Ah! ya ni sé lo que digo, sólo sé que aún te deseo. Quisiera poder recordar lo que imagino.